ESPACIO DEL ARTE ESCRITO Y VISUAL

lunes, 13 de octubre de 2008

En el nido del ilusionista

En el nido del ilusionista


La ciudad desprendiéndose del tumulto sofocante de la semana, el correr de los niños entre semáforos y semáforos, una noticia recorre los diarios, ha llegado el gran señor, el que cabalga entre ciber espacio y la melancolía de la periferia del barrio de atrás, el que tan solo con una sonrisa podría atraparnos en su red de telaraña. Quien diría que por la noche los fantasmas se acuestan a nuestro lado y nos acarician el vientre sin reparar en el llanto, es que todo estamos en plegaria permanente y las señoras de la iglesia oran sin saber cuantos muertos esconde la historia en su memoria…
Al parecer en la oficina del gendarme ha llegado una visita, esta muy bien vestido, esperando que su vestuario sea acomode a su dote de intelectual, todo murmuran. Entre los pasillos una servidumbre comenta, será el gran notable de la ciudad perdida, o quizás unos de esos que llegan a la ciudad en busca de un ángel para hacer fortuna, sin saber que en los diarios es la gran noticia del día o quizás de toda la historia de nuestras miseria, comienza a hurgar entre papeles invadidos de polillas, adivinar letras que el mecanógrafo del plantel se comió en unos de esos almuerzos clandestinos.



Ayer vi. pasar al señor gendarme, rodeado de señoras y señores, lucia un traje confeccionado por el ilustre don pepe popo, en momento parecía que su piel se desprendía de sus huesos, todo reían hasta la locura y Yam el limpiabotas del barrio no comprendía por que tanto alboroto, pero en su ignorancia pudo notar que el invitado del señor gendarme tenia los zapatos polvazos y mientras todos callaban el se arrastraba en la risa de los olvidados, en su mente pasaban infinitas lubricaciones sobre quien era nuestro invitado, una sombra vestida de color mostaza se le acercó y dijo basta de tanta risa, no ves que ha llegado el progresos a tu miserable vida, cual, el es el progreso, ese es un vendedor de sueños. Mientras la multitud vociferaba, el día se tono oscuro, alguna sillas destartaladas teñían las camisas de los invitados de un color hambriento.



Me había dicho el gallo Peralta, un hombre de valor incuestionable, que en sus años mozos fue un combatiente de la guerra de pueblo agrio, y hoy espera pacientemente en su mecedora una pensión que hace años le pertenece, que todo hablan lindo que se cortan los bigotes para modular los gestos y convencer al pueblo con sus discursos llenos de palabras huecas, parece como sino dieran un brebaje de raíces de los árboles que pueblan el infierno. Parece que las nubes se pusieran de acuerdo para atrofiar el monologo del invitado y callar tantas mentiras con la sutileza de la lluvia y los truenos, alguien echo a correr y entre los tintes diluidos de algunas señoras que habitan en la avenida del ensueño, me pareció oír gritar un niño, tan solo fue el señor pepe popo que con su poco dotes varonil huía de la bendición de la lluvia y el despojo de este discurso maratónico.


Esta lluvia no cesa, los gatos y los perros han hecho una tregua, han decidido compartir el cojín que herméticamente cuidaba lulu. Doña Tere la matrona del barrio de atrás se pronuncio en la tertulia sabatina del café y dijo, este temporal va hacer largo porque mis reumas me llega hasta la quijada, hace diez años que sentí lo mismo dolores y quince día de lluvia y relámpagos fueron suficiente para llenar este pueblo de penuria o quizás mas penuria. En el noticiario pasaban escena como salida de una película las casas inundadas, los ríos reclamando todo las tierra que le pertenecía desde el inicio del inicio, latas de leches, algunos rollos de papel, sardinas, arroz, ese era el señor gendarme siempre recordándose de los hijos de nadie, don gallo Peralta en su mecedora tocándose la nariz exclama, una dadiva mas del señor gendarme y sus grupos de vendedores de sueños, pues todo tiene una razón de ser, clavos para el carpintero y mocha para el labrador.



En la cena de beneficencia los preparativos estaban todo listo, una vez mas pepe popo se encargaba del vestuario de los invitados parecía una fiesta de carnaval, lentejuelas, joyas de la más fina colección de la selva brasileña, zapatos de pieles sintéticas de Italia, esto era un cuento de hada, comidas a granel, perfume y música importada de uno de los anillos de saturno. Entre la confusión el señor gendarme a pareció con su invitado de honor, Mr hoppin, hombre alto, misterioso de porte ingles tan lucido que las letras le brotaban por los cabellos, una fluidez al hablar, todo quedaban boca abierta ante tal alocución, pero era algo que poco se detenían a reflexionar, porque siempre los zapatos polvazos algo que intrigaba a doña Tere y al limpiabotas del barrio de atrás. Pero me dijo tita guara que los hombres lucidos no son los hombres mas honesto, porque si son los mas hábiles.



Ha llegado el otoño a la ciudad, los árboles de almendras y guayabas parecen como recién nacido tocado por la lujuria del viento, en la esquina del barrio un juego de domino nos alivia el hambre. Es que en el trópico todas las estaciones nos parecen iguales, a veces confundimos primavera con el invierno, los repentinos aguaceros nos alejan de las reuniones familiares y laborales, porque el trópico se desplaza en muestro sueños sin tapujos ni comparsa. Me pareció oír a doña Tere con tos de mula, esta quebrantada, tiene varios día que sus paseos son de la cama a la cocina para ser una tisana, de esa que curan hasta la mala suerte.



La voz tronaba, las palomas del parque central volaban despavoridas, una anciana que salía del templo pregunto ¿quien es ese que brama como rinoceronte asustado , nadie respondió, pero era Mr Hoppin dialogando con los intelectuales del árbol de framboyán, también llamado los peñitas del maletín, todo transcurrió entre palabras de diccionarios y los libros polvorientos que Mr Hoppin había traído de la ciudad desconocida, eran esos libros que guardaban todo el secreto de la sabiduría divina. En la ultima calle del barrio alguien asechaba al caer la noche, era don pepe popo detrás de los servicio de los hombres que se vestían de mariposas, quien podría creer que tan ilustrado señor mordía la mugre con tan solo un gemido.



Eran la cinco de la tarde cuando el señor gendarme tomaba el te, en el televisor una noticia triste, don pepe popo famosos diseñador fue asesinado por unos mozalbetes que sin mirar su bondad le perforaron el vientre y se bebieron su sangre como perros que lamen su odio. Este sudaba, algunas lágrimas invisibles se desprendían de su mejilla agrietada por el tiempo, hizo llamar al señor cura que en ese momento le perdonaba todas las culpas futuras a su querida amiga mariposa, del barrio de atrás. Quien a recibido las condolencias y ramos de flores que para fines de protocolo que el señor gendarme a mandado, porque tan solo hasta aquí a llegado el señor cura, gallo Peralta y doña Tere para oír los gritos de unas señoras que nunca habían vivido por aquí y se llenaban los ojos de saliva para fingir sus lagrimas.


Han pasado cinco años y alguien se le ocurrió celebrar el cabo de año del señor pepe popo, doña Tere exclamo en su tertulia sabatina, esa cruz ya no es cruz, solo hierva, los hombres de sacos están muy ocupado en las cifras y las estadísticas de algunos patrones que nunca han bebido un escoses en sosiego, al parecer se avecina una debacle del bolsillo. En su oficina adyacente a la del señor gendarme esta ubicado Mr Hoppin, columnas de papeles le adornan el rostro y el con lente en mano busca minuciosamente una cuchara para mover su café. Es tarde, como siempre las noches son noches porque las bombillas de las calles nunca están encendidas, al otro lado de la ciudad suenan las sirenas, alguien es timado sin pudor y Mr Hoppin en su oficina hace la última observación a la gran lista de voluntarios fiscales. La brisa de navidad nos llena de nostalgia, los tarantines de la plaza están adornados de aguinaldos y frutas, algunos viajeros disfrutan de la última estocada del mar, en la sala de espera se vislumbra un hombre alto, con zancada de soñador, parece tener mas prisa que lo que ya no están, es Mr Hoppin que va de viaje a la ciudad desconocida, tendrá alguien que lo espere, algún mueble viejo o quizás una silla rota postrada en el jardín. Pero al sentarse en la banca de espera cruzo las pierna y todo notaron que los zapatos aun estaban sin lustrar.

viernes, 10 de octubre de 2008

Cuando los indios poblaban el charco

Cuando los indios poblaban el charco



En las aguas turbias del arroyuelo, unos renacuajos chapotean entre los rayos de luces que se escapan de las heridas de estos árboles centenarios. Mas allá del despeñadero está el charco, al frente, el misterioso árbol de javilla que ha permanecido silencioso como si fuese testigo de una historia olvidada. La abuela esta en la cocina junto al fogón, dos jarros enganchados para sacar agua de la tinaja, una voz que resuena en la lejanía , quien será, es tío Enriquillo que viene del conuco vociferando a los perros que perseguían un hurón que hace tiempo se esta comiendo las gallinas de tita guara. Por el sendero donde se llega al rió, siempre esta adornado de flores, las ciguas y los carpinteros hacen nido en las ramas secas, al parecer la familia va a crecer.



En el cuarto de dormir las poncheras están en su lugar, el rosario, un retrato de un santo que alivia el dolor, la abuela sigue arrodillada frente al altar, una lumbrera hecha de aceite y algodón, el bohío se llena de plegaría y entre los setos resuenan las ultimas silabas del padre nuestro, todo sigue en calma la noche es mas densa cuando la luna esta de picara conquistando un cometa. Ayer cuando tomaba el café para ir a trabajar al conuco el abuelo preparaba un cigarro con hoja de naranja agria porque según el, aunque es un placer, alivia los dolores de cabeza. Esta hiervas crecen rápido los cafetales están en sus primeras flores, la abundancia se avecina, en forma glorificante expreso tío Herniquillo con un gran trozo de caña en la boca. Al parecer los perros han olfateado un animal extraño, ladran de una manera inusual, los campesinos en el conuco se persignan no importa lo temprano que sea.


Alla en el sendero donde los árboles se visten de moho, las mariposas se posan en la frialdad de la niebla, corren los caballos cargando sus alganas, pisoteando cada sueño que se oculta entre las brechas de los bohíos y ahí esta Tita guara barriendo la enramada con su escoba de tiriguillo, un titi de los niños hace reunir las gallinas que estaban escarbando para alimentar sus polluelos con algunas lombrices. Aun se oyen los perros ladrando a la distancia, parece no cansarse, en el patio el correteo de los niños ahuyentan las ciguas que se posaban en el guayabal.


La abuela, Mama malita, siempre dormía en el lado izquierdo y a orilla de la cama, parecía una de esas vírgenes que fueron disecados en los tiempos de la inquisición, en sus largos sueños por momentos parecía no estar en la habitación. Corrían los duendes por aquel largo sendero que llevaba al charco y jugueteando entre la maleza de los árboles llevaban a la abuela de las manos como si fuera ave en escapada o caballo al trote entre la neblina. Nunca la abuela hablaba de tan misterioso sueño, se atrincheraba en su mecedora de guamo y al pasar las horas repasaba lentamente su sueño sin espacio para las dudas ni los olvidos. Como siempre en la barbacoa hay un plato de comida para cualquier visitante que pase frente al bohío no importando si esta o no hambriento, son la cinco de la tarde es hora del café, esta de visita por acá tita Mayompa, especialista en el arte de cocer, a recorrido un largo trayecto para llegar hasta el bohío, tita guara comenta están floreciendo los mangos, comadre esa mata que esta frente al camino da los mangos mas dulces de la vereda.



Unas nubes oscuras se ciñen en el horizonte, los pájaros se alborotan, su vuelo de un lado a otro nos dice que mayo esta más cerca, que lo pronosticado por nuestros huesos ya cansados, los nidos están terminados, los pájaros se ocultaran de los relámpagos y truenos que no trae mayo en su vientre, en los caños del bohío las primeras aguas son benditas, la abuela se moja el rostro para que los espíritus abandonen por momento sus guaridas en las empalizadas. De tantas aguas sean llenado los caminos de lodos, los ruedo de los pantalones pesan como pesa la historia en nuestros hombros, en una esquina del bohío el abuelo inclina una silla, toma la postura de un poeta y mira la lluvia caer, escaparse entre las hojas del cafetal.


Por fin la abuela rompe con ese silencio que parece había llevado por siglo entre sus labios, era uno de esos día, después de una intensa lluvia, a la melodía del pilón donde se machaca el café, ella comenta, estenio largos sueños, sueños donde los indio que pueblan el charco me llaman y a veces me tocan, ese charco lleno de oro y diamantes, lleno de orquídeas flamantes, esos indios vestidos como reyes incas, con el pelo tan largo como un arco iris engendrado en la última estación del delirio. Han emergido, hemos hablados, no se en que lengua pero lo hemos hecho, me han ofrecido ser la reina de su charco y ser protegida por el gran árbol de jabilla. Y no se porque cuando los gallos cantan toda esta magia se dilata y me veo frente al fogón atizando algunas brazas.


En el patio se oyen caer los aguacates de la protegida mata del abuelo, al parecer los trozos de yuca los acompañaremos con manteca de cerdo, que aunque no es carne tiene un buen sabor, todo a transcurrido entre el ir y venir de la abuela de la cocina al bohío, las habichuelas no necesitan mas especia que ajo y cilantro o quizás un grano de sal para asentar el gusto. Y quien ha mirado a la distancia, y descubrir que entre los cafetales hay algunas sombras al asecho, ojos fosforescentes que al constratar con algunos rayos de sol nos dejan el alma intoxicada de miedo. Es casi otoño, los árboles se desnudan, como se desnudan los girasoles al postrarse en el silencio, en el charco los indios esperan a la abuela, que algún día a de llegar de ese largo sueño que por sacos de siglo le ha infectado los parpados, que en el lado izquierdo de la cama aún el frió de los rincones no ahuyenta a las luciérnagas, esas luciérnagas que mueren en las lenguas de las salamanquesas.

Fausto Aybar