ESPACIO DEL ARTE ESCRITO Y VISUAL

lunes, 26 de abril de 2010

PASARELA DEL CEFALOPODO

PASARELA DEL CEFALOPODO


Arruinar la fiesta no era su intensión, de momento el corredizo se vertía rojo,
quizás verde, los chirridos de los tacones dejaban al descubierto toda la crueldad
de aquellos safaris que masticaron el sol, los colores de las pieles de algunos abrigos adornaban los fríos bocetos de unas modelos flácidas como la delgadez de la noche.
Nunca quiso estar sentado en la primera fila, pero era un compromiso que no debía eludir, la circunstancia estaba dada para que él pudiera parpar, la monstruosidad de aquellas cadavéricas siluetas que frente a él, desvestían las selvas, para llenar de ego, el torso de una humanidad frívola.

Al parecer están imitando a los animales, una cadencia al caminar, una fluidez
al cantar, el corredizo esta lleno de luces, las TOP MODEL en cámara de aire
pretenden contribuir a la implícidad de lo existencial. No ha dicho ni una palabra,
el vómito se acumula en su boca, mientras ellas al caminar por la alfombra van
tiñendo de púrpura las estrellas. Hay gritos en el vestidor, alguien ingirió algunas
calorías demás, sobre todo, las gaseosas son exclusiva del diseñador. Y él, espera ver
colgada de un cuello la próxima especie en extinción, ellas van saliendo una a una dentro de una esfera de humo, las ninfas del ensueño pretenden obviar la libertad. Tanto glamour hace que su piel por momento procure traicionar su afección por los animales.

Quizás todos estén en trances, ellas sean las sicoanalistas, las serpientes, leones, tigres y leopardos, los conejillos de india. Nunca se ha estado mas cerca del infierno, nunca la sangre divirtió tanto a los fantasmas, pero él, callado en su asiento procura desmantelar
el acto ruin de los que vociferan en las gacetas su amor a la hibernación. Tantos colores nauseabundos, tantos sueños de porcelanas, y aun falta el final, las TOP MODEL vuelven de la putrefacción, vuelven al corredizo donde los dioses reventaron de odio. Él se levanta cabizbajo, tanta cólera no cabe en su pecho, mas mientras partía; pudo notar que una lágrima se suicidaba al compás de los aplausos.

Fausto Aybar

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