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viernes, 27 de marzo de 2009

LA ABUELA, RUMBO AL CHARCO.









                                               EL CHARCO DE LOS INDIOS.

 

 

Cuando los indios poblaban el charco

En las aguas turbias del arroyuelo Juana Núñez, unos renacuajos chapotean entre los rayos de luz que se escapan de las heridas de estos árboles centenarios. Más allá del despeñadero está el charco; al frente, el misterioso árbol de javilla que ha permanecido silencioso, como si fuese testigo de una historia olvidada. La abuela está en la cocina junto al fogón; dos jarros enganchados sirven para sacar agua de la tinaja. Una voz resuena en la lejanía: es el tío Enriquillo, que viene del conuco vociferando a los perros que perseguían a un hurón que, hace tiempo, se está comiendo las gallinas de Tita Guara. El sendero por donde se llega al río siempre está adornado de flores; las ciguas y los carpinteros hacen nido en las ramas secas. Al parecer, la familia va a crecer.

En el cuarto de dormir, las poncheras están en su lugar. El rosario y el retrato de un santo que alivia el dolor acompañan a la abuela, que sigue arrodillada frente al altar bajo una lumbrera hecha de aceite y algodón. El bohío se llena de plegarias y, entre los setos, resuenan las últimas sílabas del Padre Nuestro. Todo sigue en calma; la noche es más densa cuando la luna está de pícara conquistando a un cometa. Ayer, mientras tomaba el café para ir al conuco, el abuelo preparaba un cigarro con hoja de naranja agria porque, según él, aunque es un placer, alivia los dolores de cabeza. «Estas hierbas crecen rápido; los cafetales están en sus primeras flores, la abundancia se avecina», expresó en forma glorificante el tío Enriquillo, con un gran trozo de caña en la boca. Al parecer, los perros han olfateado a un animal extraño; ladran de una manera inusual. Los campesinos en el conuco se persignan, no importa lo temprano que sea.

Allá en el sendero, donde los árboles se visten de moho, las mariposas se posan en la frialdad de la niebla. Corren los caballos cargando sus árganas, pisoteando cada sueño que se oculta entre las brechas de los bohíos. Allí está Tita Guara, barriendo la enramada con su escoba de tirigüillo; un chistido de los niños reúne a las gallinas que escarbaban para alimentar a sus polluelos. Aún se oyen los perros ladrando a la distancia, parecen no cansarse; en el patio, el correteo de los niños ahuyenta a las ciguas que se posaban en el guayabal.

La abuela, Mamá Malita, siempre dormía del lado izquierdo y a la orilla de la cama; parecía una de esas vírgenes disecadas en los tiempos de la Inquisición. En sus largos sueños, por momentos, parecía no estar en la habitación. Corrían los duendes por aquel largo sendero que llevaba al charco y, jugueteando entre la maleza, llevaban a la abuela de las manos como si fuera un ave en escapada o un caballo al trote entre la neblina. Nunca la abuela hablaba de tan misterioso sueño; se atrincheraba en su mecedora de guano y, al pasar las horas, lo repasaba lentamente, sin espacio para dudas ni olvidos. Como siempre, en la barbacoa hay un plato de comida para cualquier visitante, no importa si está o no hambriento. Son las cinco de la tarde, hora del café. Está de visita Tita Mayompa, especialista en el arte de cocer, quien ha recorrido un largo trayecto para llegar al bohío. Tita Guara comenta: «Están floreciendo los mangos, comadre; esa mata frente al camino da los más dulces de la vereda».

Unas nubes oscuras se ciñen en el horizonte y los pájaros se alborotan; su vuelo nos dice que mayo está más cerca de lo que pronostican nuestros huesos cansados. Los nidos están terminados; las aves se ocultarán de los relámpagos y truenos que mayo trae en su vientre. En los caños del bohío, las primeras aguas son benditas; la abuela se moja el rostro para que los espíritus abandonen, por un momento, sus guaridas en las empalizadas. De tanta lluvia se han llenado los caminos de lodo; los ruedos de los pantalones pesan como pesa la historia en nuestros hombros. En una esquina del bohío, el abuelo inclina una silla, toma la postura de un poeta y mira la lluvia caer, escapándose entre las hojas del cafetal.

Por fin la abuela rompe el silencio que parecía haber llevado por siglos. Fue uno de esos días tras una intensa lluvia, al ritmo del pilón donde se machaca el café: «He tenido largos sueños —comenta—, sueños donde los indios que pueblan el charco me llaman y a veces me tocan. Ese charco está lleno de oro y diamantes, de orquídeas flamantes; esos indios visten como reyes incas, con el pelo tan largo como un arcoíris engendrado en la última estación del delirio. Han emergido, hemos hablado —no sé en qué lengua, pero lo hemos hecho—; me han ofrecido ser la reina de su charco y ser protegida por el gran árbol de javilla. No sé por qué, cuando los gallos cantan, toda esta magia se dilata y me veo frente al fogón atizando las brasas».

En el patio se oyen caer los aguacates de la mata protegida del abuelo. Los trozos de yuca los acompañaremos con manteca de cerdo que, aunque no es carne, tiene buen sabor. Todo transcurre entre el ir y venir de la abuela de la cocina al bohío; las habichuelas no necesitan más especia que ajo y cilantro, o quizás un grano de sal para asentar el gusto. Alguien mira a la distancia y descubre que, entre los cafetales, hay sombras al acecho; ojos fosforescentes que nos dejan el alma intoxicada de miedo. Es casi otoño; los árboles se desnudan como los girasoles al postrarse en el silencio. En el charco, los indios esperan a la abuela, que algún día ha de llegar de ese largo sueño que por siglos le ha infectado los párpados. En el lado izquierdo de la cama, el frío de los rincones aún no ahuyenta a las luciérnagas; esas que mueren en las lenguas de las salamanquesas.

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