Cuando los indios poblaban el charco
En las aguas turbias del arroyuelo Juana Núñez, unos
renacuajos chapotean entre los rayos de luz que se escapan de las heridas de
estos árboles centenarios. Más allá del despeñadero está el charco; al frente,
el misterioso árbol de javilla que ha permanecido silencioso, como si fuese
testigo de una historia olvidada. La abuela está en la cocina junto al fogón;
dos jarros enganchados sirven para sacar agua de la tinaja. Una voz resuena en
la lejanía: es el tío Enriquillo, que viene del conuco vociferando a los perros
que perseguían a un hurón que, hace tiempo, se está comiendo las gallinas de
Tita Guara. El sendero por donde se llega al río siempre está adornado de
flores; las ciguas y los carpinteros hacen nido en las ramas secas. Al parecer,
la familia va a crecer.
En el cuarto de dormir, las poncheras están en su
lugar. El rosario y el retrato de un santo que alivia el dolor acompañan a la
abuela, que sigue arrodillada frente al altar bajo una lumbrera hecha de aceite
y algodón. El bohío se llena de plegarias y, entre los setos, resuenan las
últimas sílabas del Padre Nuestro. Todo sigue en calma; la noche es más densa
cuando la luna está de pícara conquistando a un cometa. Ayer, mientras tomaba
el café para ir al conuco, el abuelo preparaba un cigarro con hoja de naranja
agria porque, según él, aunque es un placer, alivia los dolores de cabeza.
«Estas hierbas crecen rápido; los cafetales están en sus primeras flores, la
abundancia se avecina», expresó en forma glorificante el tío Enriquillo, con un
gran trozo de caña en la boca. Al parecer, los perros han olfateado a un animal
extraño; ladran de una manera inusual. Los campesinos en el conuco se
persignan, no importa lo temprano que sea.
Allá en el sendero, donde los árboles se visten de
moho, las mariposas se posan en la frialdad de la niebla. Corren los caballos
cargando sus árganas, pisoteando cada sueño que se oculta entre las brechas de
los bohíos. Allí está Tita Guara, barriendo la enramada con su escoba de
tirigüillo; un chistido de los niños reúne a las gallinas que escarbaban para
alimentar a sus polluelos. Aún se oyen los perros ladrando a la distancia,
parecen no cansarse; en el patio, el correteo de los niños ahuyenta a las
ciguas que se posaban en el guayabal.
La abuela, Mamá Malita, siempre dormía del lado
izquierdo y a la orilla de la cama; parecía una de esas vírgenes disecadas en
los tiempos de la Inquisición. En sus largos sueños, por momentos, parecía no
estar en la habitación. Corrían los duendes por aquel largo sendero que llevaba
al charco y, jugueteando entre la maleza, llevaban a la abuela de las manos
como si fuera un ave en escapada o un caballo al trote entre la neblina. Nunca
la abuela hablaba de tan misterioso sueño; se atrincheraba en su mecedora de
guano y, al pasar las horas, lo repasaba lentamente, sin espacio para dudas ni
olvidos. Como siempre, en la barbacoa hay un plato de comida para cualquier
visitante, no importa si está o no hambriento. Son las cinco de la tarde, hora
del café. Está de visita Tita Mayompa, especialista en el arte de cocer, quien
ha recorrido un largo trayecto para llegar al bohío. Tita Guara comenta: «Están
floreciendo los mangos, comadre; esa mata frente al camino da los más dulces de
la vereda».
Unas nubes oscuras se ciñen en el horizonte y los
pájaros se alborotan; su vuelo nos dice que mayo está más cerca de lo que
pronostican nuestros huesos cansados. Los nidos están terminados; las aves se
ocultarán de los relámpagos y truenos que mayo trae en su vientre. En los caños
del bohío, las primeras aguas son benditas; la abuela se moja el rostro para
que los espíritus abandonen, por un momento, sus guaridas en las empalizadas.
De tanta lluvia se han llenado los caminos de lodo; los ruedos de los
pantalones pesan como pesa la historia en nuestros hombros. En una esquina del
bohío, el abuelo inclina una silla, toma la postura de un poeta y mira la
lluvia caer, escapándose entre las hojas del cafetal.
Por fin la abuela rompe el silencio que parecía haber
llevado por siglos. Fue uno de esos días tras una intensa lluvia, al ritmo del
pilón donde se machaca el café: «He tenido largos sueños —comenta—, sueños
donde los indios que pueblan el charco me llaman y a veces me tocan. Ese charco
está lleno de oro y diamantes, de orquídeas flamantes; esos indios visten como
reyes incas, con el pelo tan largo como un arcoíris engendrado en la última
estación del delirio. Han emergido, hemos hablado —no sé en qué lengua, pero lo
hemos hecho—; me han ofrecido ser la reina de su charco y ser protegida por el
gran árbol de javilla. No sé por qué, cuando los gallos cantan, toda esta magia
se dilata y me veo frente al fogón atizando las brasas».
En el patio se oyen caer los aguacates de la mata protegida del abuelo. Los trozos de yuca los acompañaremos con manteca de cerdo que, aunque no es carne, tiene buen sabor. Todo transcurre entre el ir y venir de la abuela de la cocina al bohío; las habichuelas no necesitan más especia que ajo y cilantro, o quizás un grano de sal para asentar el gusto. Alguien mira a la distancia y descubre que, entre los cafetales, hay sombras al acecho; ojos fosforescentes que nos dejan el alma intoxicada de miedo. Es casi otoño; los árboles se desnudan como los girasoles al postrarse en el silencio. En el charco, los indios esperan a la abuela, que algún día ha de llegar de ese largo sueño que por siglos le ha infectado los párpados. En el lado izquierdo de la cama, el frío de los rincones aún no ahuyenta a las luciérnagas; esas que mueren en las lenguas de las salamanquesas.

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